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Derivada del fandango andaluz las malagueñas llegaron a canarias a mediados
del siglo XVIII mucho después que la folia.
En islas como Lanzarote y Fuerteventura se ha conservado un claro matiz
afandangado que denota su origen. Si bien los estilos se van decantando poco a
poco hacia formas más dulcificadas en el resto de las islas.
Las evoluciones armónicas son las mismas que en las folias, pero el canto se
produce sobre esquemas melódicos mejor conformados y de gran belleza, en tanto
que en las folias lo hacía sobre niveles más propios de un recitativo
cantable.
El baile de la malagueña, también parsimonioso, observa en Canarias la
característica de contraponer al grupo de bailadores unos episodios solistas,
protagonizados por un hombre y dos mujeres, los cuales realizan un rico
repertorio de evoluciones coreográficas verdaderamente atractivas.
La fórmula estrófica más habitual para la malagueña es la quintilla,
aunque tal vez es normal el uso de la cuarteta.
Los cantos abundan en alusiones al amor por la madre y el apego a la tierra.
Frente a la isa que mueve alegría, la malagueña impone atención del
auditorio, silencio y respeto.
A MI MADRE QUE NO LLORE
QUE NO SUSPIRE POR MI
QUE ME ENCUENTRO BIEN AQUI
COMO EL SERENO EN LAS FLORES
MI MADRE A MI ME DIÓ EL SER
Y UNA PATRIA NO SE DEJA
LA PLANTA CUANTO MAS VIEJA
MÁS SE DEBE DE QUERER
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